MICHAEL NINN
El gran renovador del lenguaje cinematográfico del porno en los años 90 fue este neoyorquino de enorme talento y una extraña capacidad para extraer el morbo de cada uno de los planos que conforman su imprescindible filmografía, en la que se cuentan algunas de las obras maestras del cine X de todos los tiempos.
“Como todos los directores a los que admiro, yo sigo haciendo la misma película una y otra vez. Sé lo que soy y lo que quiero decir”. Esta declaración de principios corresponde a Michael Ninn, el director de cine X más importante que ha dado el porno americano en los últimos quince años. Nacido en Nueva York en 1951, Ninn, que adoptó su seudónimo de la escritora de origen español Anaïs Nin, a la que admiraba, fue director de arte de una agencia de publicidad neoyorquina con la que realizó campañas para los hoteles Sheraton y dirigió vídeos para Capitol Records. A los 21 años era director de un programa de espectáculos para la televisión por cable y cinco años después se trasladó a Las Vegas para trabajar junto a su hermanastro. Un tortuoso matrimonio, que le dio dos hijos, lo arrastraría a una crisis personal de la que salió cu
ando, en 1992, comenzó a leer libros de autoayuda y los trabajos del escritor Joseph Campbell. En 1993, Héctor Castaneda, productor de Western Visuals, se puso en contacto con Ninn para ofrecerle la realización de un filme en 35 mm. para su compañía. El acuerdo cristalizó en “Orquidea negra”, el debut de Michael Ninn en el porno, una versión hard y mejorada de la película erótica “Orquídea salvaje” con la que se hizo un hueco en la industria. Un año después, Ninn sorprendiería al mundo con “Sex”, una revisión del viejo mito de la fugacidad del poder y la fama en la que reescribía las líneas maestras del “porno chic” que había inventado Andrew Blake.
En 1995 llegaría su indiscutible obra maestra, “Latex”, un excelso monumento
cinematográfico lleno de imágenes impactantes, una factura visual que entronca con los videoclips musicales y un montaje frenético, en el que las escenas sexuales se difuminan bajo el peso de un torbellino de belleza y futurismo. Ya entonces, Ninn reconoció que su cine hablaba sobre sí mismo, sobre su vida y sus obsesiones. Su estilo, depurado hasta la perfección, se basa en extraer sentido a todo aquello que filma, aunque la belleza que pueda emanar de su cine parezca vacía.
“Shock” o “Sex 2” reinciden en los esquemas que ya había desarrollado en sus obras anteriores, pero, en sus siguientes películas, Ninn apostó por un modelo cinematográfico más próximo al de Andrew Blake, su más decisiva influencia por mucho que él afirme que, en realidad, se inspira en el porno que hacía Robert McCallum en los 80.
Cuerpos perfectos, coreografías que parecen dibujadas para un musical americano de los 50 subido de tono, un calculado
ritmo narrativo y una envoltura visual cercana a los cuadros más vanguardistas son las marcas de identidad de uno de los grandes innovadores del porno contemporáneo.
En los últimos años, si exceptuamos “Forever night”, una parábola sobre la incomunicación entre los seres humanos, y “Acid Dreams”, un curioso filme sobre la guerra fría a través del LSD, sus películas han estado más cerca de la corriente esteticista a la que ayudó a difundir que de la experimentación. En todo caso, cualquier película de este neoyorquino de 55 años es una garantía de que el porno puede ser un género cinematográfico tan digno como cualquier otro.
