GUARREN BITI
No sé si es un personaje de una de sus películas o el propio Woody Allen en una entrevista quien manifestó, a la pregunta deen qué le gustaría reencarnarse en una vida futura, que le encantaría ser, en otra improbable existencia, las yemas de los dedos de Warren Beatty.
Dicha declaración de principios de uno de los maestros del cine contemporáneo está fundamentada en la leyenda de que
Beatty, con más de 70 años, se ha pasado por la piedra a gran parte de las estrellas de Hollywood de su tiempo y alrededores, desde Joan Collins o Leslie Caron hasta Julie Christie y Brigitte Bardot, pasando por Madonna, Liv Ullmann, Carly Simon, Elle McPherson, Goldie Hawn, Candice Bergen, Cher, Natalie Wood, Britt Ekland o Annette Bening. Toda una constelación de polvos que podría formar parte de cualquier anuario de las mujeres más sexys de la historia.
Pero lo que pocos conocen es que Warren Beatty tuvo una curiosa relación con el porno que se remonta más allá de la legalización del género en los Estados Unidos. Amigo de Peter Fonda, Jack Nicholson o Sammy Davis Jr., tres “pájaros” de
cuidado que flirtearon con el primitivo porno a finales de la década de los 60, Beatty fue un acérrimo defensor de la libertad de expresión a través del cine para adultos, esa espléndida reivindicación de la segunda enmienda de la constitución americana que ha servido como bandera para todos aquellos que defienden la existencia del porno como género cinematográfico. Warren fue uno de los primeros actores de Hollywood que manifestó públicamente haber visto en salas Garganta profunda y su testimonio, junto al de gente como Frank Sinatra, Truman Capote o Nora Ephron, sirvió para que el mundo comprendiera que una película basada en una mujer que sentía placer succionando pollas pudiera ser considerada “cool”. Dos años después de su estreno, Beatty no fue de esos que se había borrado del entusiasmo inicial por culpa de la persecución judicial: en compañía de su amigo y compañero de correrías Jack Nicholson organizó una colecta para sufragar la defensa de Harry Reems, víctima inocente de la persecución policial contra la pornografía, que permanecía en una cárcel de Memphis acusado de obscenidad.
Pero la relación de Beatty con el porno no acaba en las proclamas de tono sesentayochesco que elevaron a Garganta profunda a la categoría de mito del cine de los primeros setenta. Una década después, Beatty era un habitual de los bares donde se reunía la gente que trabajaba en la industria y llegó a mantener una intensa relación amorosa (¿o sexual?) con
Ingrid, una modelo negra que era buena amiga de la actriz Kelly Nichols. Con Ingrid como coartada, Warren mantuvo buenas relaciones con actrices como Kristin Steen, Tracey Adams o Sharon Mitchell. Estoy hablando de los primeros años ochenta, cuando el porno era un género que, afortunadamente, se mezclaba alegremente con el glamuroso mundo de Hollywood y cuando salir (o follarse) a una estrella del cine con mayúscula era un signo de modernidad para las figuras del cine sicalíptico.
Warren Beatty no era tonto y se aprovechó de ello. Aparte de salir con la escultural Ingrid, quedó fascinado por la personalidad (que no la belleza) de Sharon Mitchell y por las dos extraordinarias tetas de Tracey Adams, en una etapa de su vida en la que la actriz se planteaba su heterosexualidad de manera práctica. Y organizó orgías en las que invitaba a muchas de las estrellas emergentes en el negocio del sexo. Muchas cayeron en sus redes y muchas callaron sobre su relación con el hombre con las yemas de los dedos más deseadas de la humanidad.
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