LA TRISTEZA DE NIXON
El 8 de agosto de 1974, un cariacontecido Richard Nixon compareció en televisión para comunicar su renuncia a la presidencia de los Estados Unidos. En 233 años de historia americana, ha sido el único presidente que renunció voluntariamente a su cargo. Durante los tres años siguientes, Nixon permaneció encerrado en su mansión de Casa Pacífica, en California, sin asistir a ningún acto público ni hacer declaraciones. En 1977 recibió la propuesta de David Frost, un periodista británico que se había hecho famoso presentando programas nocturnos de entretenimiento y que en ese momento trabajaba en Australia, para ser entrevistado por espacio de dos horas. Sorprendentemente Nixon aceptó, aunque la razón era más prosaica que el interés por decir la verdad: cobraría 500.000 dólares por la sesión. Aquella entrevista es uno de los programas más vistos de la historia de la televisión, pues en ella Nixon acabó confesando que había engañado al pueblo americano para su provecho.

Esta historia la convirtió en obra de teatro Peter Morgan en 2006, tras un trabajo de investigación de más de 14 años sobre las figuras de los dos protagonistas de la famosa entrevista. La obra llega ahora al cine en una adaptación excepcional, titulada en España El desafío: Frost contra Nixon, de la mano de Ron Howard y con Frank Langella y Michael Sheen en sus principales papeles.
El desafío: Frost contra Nixon parece un combate de boxeo. Un duelo entre dos personajes cargados de pasado y con un presente más que decadente que luchan por objetivos distintos. Frost pretendía que lo tomaran en serio, no ser considerado un bufón en el mundo periodístico. Nixon, que su nombre y su imagen quedaran incólumes al gigantesco escándalo de Watergate que le costó la presidencia. Y ese combate de boxeo, como las veladas de los grandes pesos, se escenifica delante de una cámara de televisión, testigo mudo de las inseguridades y dudas de ambos personajes. Como los grandes duelos, la balanza parece inclinarse de un lado o de otro, según transcurre la cinta, para acabar con un triunfo de Frost, en el momento en que obliga a confesar a Nixon sus pecados, que lo transportará directamente a la gloria.
Lo que queda, el paisaje después de la batalla, es la tristeza de Nixon. El rostro invadido por la melancolía de un hombre atrapado en sus mentiras que no pudo resistir más el engaño de ocultar al mundo que su trabajo al frente de la nación más poderosa del mundo había sido un fracaso. Una tristeza captada por las cámaras de televisión en la entrevista original, más allá del talante depresivo habitual de la cara de Nixon, y en su transposición al cine por medio de la expresividad de un Frank Langella que pasará a la posteridad por el plano final del filme, cuando, abatido por la derrota, mira al vacío, a fuera de campo, buscando sentido a lo que ha ocurrido en su vida.
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