LO OCULTO Y LO (IN)VISIBLE: 6. EL HOTEL DE LOS MIL Y UN POLVOS
En el mes de octubre de 2008, Nacho Vidal y yo impartimos un seminario en Bogotá sobre la historia del cine erótico español que llevaba por título "Lo oculto y lo (in)visible". Durante los nueve días que duró el viaje, publiqué un diario en la página web del Club Canalla. El seminario acabó y el último día de estancia en Bogotá fue de balance y relax.
Bogotá es una ciudad caliente. No porque haya organizado un seminario de cine erótico español, ni porque las mujeres de esta hermosa ciudad se derritan cuando ven a Nacho Vidal, ni siquiera porque los colombianos sean latinos y por su sangre corra ese gen follador que caracteriza a nuestra común ascendencia. Es caliente por sorpresa. Uno se imagina que, en un país con extraordinaria influencia de la Iglesia Católica en la vida diaria (como ocurría en España hace sólo medio siglo), el sexo sería una cuestión práctica de puertas adentro y, cara al exterior, sus habitantes pondrían cara de beatos y reprobarían cualquier acto que se saliera de la ortodoxa fundamentalista romana.
Algo de eso hay en este país de contrastes, en el que un artículo en la edición digital de cualquier diario es contestado, en los comentarios con frases como “no sé qué hacen trayendo a estos pervertidos a Colombia, en vez de traer poetas, escritores o pintores” (como si no hubiera pervertidos en esas ramas artísticas) al lado de “me parece magnífico que, por fin, el porno llegue a Colombia”. En fin, ni más ni menos que lo que ocurre en un país con una larga tradición de casullas, escapularios y misas dominicales.
Lo curioso no es que en Bogotá organicen el seminario, como ya he dicho antes, sino que, por ejemplo, en la sala contigua a la que Nacho y yo impartíamos las clases, se proyectara “Garganta profunda” ante medio centenar de cinéfilos, ávidos de ver cine porno del bueno. O de que, en mi estancia aquí, haya conocido gente muy interesada por el erotismo en las artes desde un punto de vista teórico. Ya sé que eso ocurre en todas partes del mundo, pero uno no deja de sorprenderse de en que las sociedades marcadas por la sotana y la bendición papal se haya abierto una grieta al sexo como diversión y no como recreación.
Estoy alojado en un hotel que ejemplifica el cambio que vive esta sociedad, arrastrada por la era de internet y la comunidad global, en la que el sexo es un elemento de consumo más. En el hotel de la ópera, enclavado en el embriagador barrio de La Candelaria, hay condones en la cesta que contiene el cepillo de dientes, los pañuelos de papel, el jabón y el champú para ducharse en un cuarto de baño. Y no es un picadero. O sí, como ahora mismo explicaré. Resulta que el hotel incluye entre sus paquetes turísticos unas propuestas realmente singulares para parejas. Una de ellas es el llamado “Plan Fuga a la Candelaria”, que por 400.000 pesos (unos 120 euros), propone a las parejas una noche de alojamiento, una cena romántica, una botella de vino de bienvenido, un recorrido por el barrio con guía turístico y “lencería romance” (sic). Mucho más atractivo es el paquete denominado “Plan Spa en La Candelaria”, cuya oferta, que cuesta 584.000 pesos por pareja (unos 190 euros) comprende, además de lo expresado en el plan anterior, dos masajes de relajación de 45 minutos cada uno y dos bebidas “relajantes sin licor en el spa”. Me dicen mis amigos colombianos que a quienes desean contratar estos planes no les piden el certificado de matrimonio, como ocurría en las pensiones españolas hace medio siglo cuando una pareja se registraba.

Toda esta explicación, con vocación de folleto turístico, la he escrito porque esta mañana, como es mi costumbre, he acudido al spa para nadar un poco e intentar mantener mi forma física en la piscina. Lo que he encontrado ha sido digno de una película porno: unas ocho parejas, en la pileta, besándose apasionadamente, tomando el cóctel “relajante sin licor” mientras se abrazaban en el jacuzzi o haciéndose arrumacos en el baño turco que completa la instalación. !Ay, qué bonito es el amor en La Candelaria!
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